
Virginia y el Señor Cual
Hace un mes Virginia llegó en sandalias, los deditos de los pies se asomaban tímidos, con uñas meticulosamente barnizadas de blanco, antes de que me diera tiempo de sorprenderme por su inusual calzado, ella comenzó a hablar, primero me contó las actualizaciones de rigor, el estado general de su familia, las nuevas adquisiciones, algún detalle irrelevante de su rutina diaria, más que contarme me dio la impresión de que me dictaba el parte de guerra, el estado del tiempo, la suma de los daños de un siniestro…
Cosas sin mucho peso, sin la importancia de otras veces, sin quejas, ni análisis, Virginia me daba la vuelta para decirme otra cosa.
Entonces, con los ojos achispados y una sonrisa juguetona me lo anuncio: “Conocí al Señor Cual (quiera)” el tono y la velocidad de sus palabras anudadas a mi sorpresa no me dejaron pensar en un principio. Me quede muda, es decir que le decía “¿Tan pronto?” o “¡Qué bueno!”.
Virginia me lleno de detalles, el lugar, la hora, las veces que lo ha visto, la ropa que llevaba él, la que llevaba ella, las palabras que se dijeron, las miradas, la suavidad de sus manos cada vez que por destino le ha tocado estrecharla...
“Y lo mejor”_ dijo haciendo una pausa picara_ “es que se convirtió en versos para mi.Me pongo nerviosa de solo verlo, nerviosa antes de que llegue, nerviosa cuando esta, nerviosa cuando me mira, nerviosa si me habla, y si no me habla también…¿eso se nota?, es que a mi edad imagínate si se me notara”_ concluyo con una carcajada por cierto que nerviosa también, ¿se le nota?, claro, tiene las mejillas sonrosadas de la ilusión, la sonrisa abierta de los ataques de cupido al corazón y los pies despegados del piso de tantas veces que el aire se le queda a medio camino entre el estomago y los pulmones. Me enseña los versos. Si, es un Señor Cual, construido en palabras, lo hace ver decidido y valiente, con una seguridad salpicada con un poco de timidez que lo hace irresistible, al menos para mi sin conocerlo.
El jueves pasado, Virginia se declaro curada del hechizo, guardo él papel con los versos a los que catalogo de flojos y un poco cursis. Me intrigo saber que ocurrió en medio, que desbarato su ilusión con tanta fuerza, pero ella se negó a darme los detalles, por mucho que le rogué.
Cerca de un café me crucé con el Sr. Cual, iba de traje y corbata, lo reconocí por las descripciones de Virginia y esa característica única que lo distingue de todos y que ella la menciono varias veces, me hubiese gustado preguntarle, ¿Cómo? ¿ Donde? ¿Cuándo? Y escuchar la narración de los hechos, su pedacito de historia, pero salvo eso no le vi por donde, ni como ese Señor inspiro a mi amiga, me resta pensar que en el corazón no se manda como una cree y que si algo extraño de todo esto, es ese brillo que enciende la mirada Virginia cuando está ilusionada .